Mostrando entradas con la etiqueta Jorge Bucay. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jorge Bucay. Mostrar todas las entradas

lunes, 11 de marzo de 2013

Érase una vez...



Había una vez una isla, en la que vivían todos los sentimientos y valores del hombre:

El Buen Humor, la Tristeza, la Sabiduría... Como también todos los demás, incluso el Amor.

Un día se anunció a los sentimientos que la isla estaba por hundirse. Entonces todos prepararon sus barcos y partieron. Únicamente el Amor quedó solo esperando, hasta el último momento. Cuando la isla estuvo a punto de hundirse, el Amor decidió pedir ayuda.

La Riqueza pasó cerca del Amor en una barca lujosísima y el Amor le dijo:
- Riqueza, ¿me puedes llevar contigo?
- No puedo porque tengo mucho oro y plata dentro de mi barca y no hay lugar para ti.

Entonces el Amor decidió pedirle al Orgullo que estaba pasando en una magnífica barca:
- Orgullo te ruego, ¿puedes llevarme contigo?
- No puedo llevarte, Amor... aquí todo es perfecto, podrías arruinar mi barca.

Entonces el Amor dijo a la Tristeza que se estaba acercando:
- Tristeza te lo pido, déjame ir contigo.
Oh Amor, estoy tan triste que necesito estar sola.

Luego el Buen Humor pasó frente al Amor, pero estaba tan contento que no sintió que lo estaban llamando.

De repente una voz dijo:
- Ven Amor, te llevo conmigo

Era un viejo el que lo había llamado. El Amor se sintió tan contento y lleno de gozo que se le olvidó preguntar el nombre al viejo. Cuando llegó a tierra firme el viejo se fue y el Amor se dio cuenta de cuánto le debía y le preguntó al Saber:

- Saber, ¿puedes decirme quién me ayudó?
- Ha sido el Tiempo.
- ¿¿El Tiempo?? ¿Por qué será que el Tiempo me ha ayudado?
El Saber lleno de sabiduría respondió:

- Porque sólo el Tiempo es capaz de comprender cuan importante es el Amor en la vida.

lunes, 29 de octubre de 2012

El elefante encadenado




Cuando yo era pequeño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de ellos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante que, como más tarde supe era también el animal preferido de otros niños. Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un tamaño, un peso y una fuerza descomunales... Pero despuésde la actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba sus patas.

Sin embargo,la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y aunque la madera era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.

lunes, 22 de octubre de 2012

Las ranitas y la nata



Había una vez dos ranas que cayeron en un recipiente de nata.

Inmediatamente se dieron cuenta de que se hundían: era imposible nadar o flotar demasiado tiempo en esa masa espesa como arenas movedizas. Al principio, las dos ranas patalearon en la nata para llegar al borde del recipiente. Pero era inútil; sólo conseguían chapotear en el mismo lugar y hundirse. Sentían que cada vez era más difícil salir a la superficie y respirar.

Una de ellas dijo en voz alta: "No puedo más. Es imposible salir de aquí. En esta materia no se puede nadar. Ya que voy a morir, no veo por qué prolongar este sufrimiento. No entiendo qué sentido tiene morir agotada por un esfuerzo estéril".

Dicho esto, dejó de patalear y se hundió con con rapidez siendo literalmente tragada por el espeso liquido blanco.

La otra rana, más persistente o quizá más tozuda se dijo "¡No hay manera! Nada se puede hacer para avanzar en esta cosa. Sin embargo, aunque se acerque la muerte, prefiero luchar hasta mi último aliento. No quiero morir ni un segundo antes de que llegue mi hora".Siguió pataleando y chapoteando siempre en el mismo lugar sin avanzar ni un centímetro, durante horas y horas.

Y de pronto, de tanto patalear y batir las ancas, agitar y patalear, la nata se transformó en mantequilla. Sorprendida, la rana dio un salto y, patinando, llegó hasta el borde del recipiente. Desde allí, pudo regresar a casa croando alegremente.



Cuentos de
Jorge Bucay